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La Coctelera

La nit sant joan

Días de patadas (3)

Por favor, que alguien me explique de una vez de qué naturaleza es el placer que produce gastarse un euro en enviar un SMS a una emisora de radio, sin más compensación que su lectura en antena.

Esta tarde, en "La brújula" de Carlos Alsina, en Onda Cero, un oyente se ha fundido un euro preguntándose qué pintaba el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, en el partido Arabia Saudí-España.

El ministro, digo yo, pintaba lo mismo que el Rey, la Reina, Lissavetsky y los ciento y pico más que estaban en el palco del estadio de Kaiserlautern: ver el partido y, por suerte, disfrutar un poco.

Esto de que todo vale para arremeter contra el PSOE empieza a resultar pesadito. Ahora resultará que ni Aznar, ni Zaplana, ni Rajoy, ni Acebes han ido jamás a un estadio... Ya vale, ¿no?

Y lo de gastarse un euro para decir majaderías, sigo sin entenderlo.

Días de patadas (2)

Un consejo... si alguno de vosotros ha comprado un receptor de Televisión Digital Terrestre, un TDT para ver en La Sexta los partidos del Mundial, no se os ocurra seguir las imágenes en la tele y el audio en la radio, no importa en qué emisora: el sonido llega en torno a dos segundos antes que la imagen, es decir, el tiempo suficiente para que antes de ver cómo Fernando Torres dispara un penalty Manolo Lama ya haya gritado "¡Gol de España!

En analógico el desfase es prácticamente inexistente, pero en digital la experiencia resulta insoportable.

Días de patadas

Nunca fui ni por asomo el mejor de la clase, ni del colegio, jugando al fútbol, pero al menos contaban conmigo para la Liga Escolar Intercentros. Como Elías Querejeta, que le marcó como jugador profesional de la Real Sociedad un inolvidable gol al Real Madrid, sólo tuve un minuto de verdadero esplendor. Desde fuera del área, y cuando sólo quedaban un par de minutos para que el árbitro pitara el final del partido, di al balón un patadón impropio de mi escasa fuerza y pericia con el esférico. Entró por la escuadra, seguramente porque el portero estaba a por uvas, más pendiente de su familia que de los balones que le llegaran. Teníamos 15 años y aquel año llegamos a cuartos de final. Desde entonces, ahora tengo 25 más, nuestro colegio nunca más ha superado aquella hazaña.

No tengo claro que me gustara demasiado el fútbol, pero salir al campo creo recordar que me hacía sentir bien. Nunca coleccioné cromos de futbolistas y me interesaba más la quiniela, 10 pesetas cada columna, que las clasificaciones. Cuando alguien me preguntaba por cuál era mi equipo, nunca sabía qué decir. Unas veces era de uno y otras de otro.

Ahora me reconozco en mi hijo. La diferencia es que él lo sabe todo sobre equipos, jugadores, tablas, estrategias, datos... Veo que es feliz y que ha aprendido más con la sección de deportes de El País que yendo a clase todos los días.

Desde que empezó el Mundial, el comedor de casa es todo un espectáculo, con gritos, cabreos, intentos fallidos de explicar a quien se pone por delante qué es eso del fuera de juego y grandes discusiones sobre si el jugador se ha tirado o lo han empujado.

Los de mi generación, sobre todo los que anduvimos, como decían nuestros padres, "demasiado metidos en política", le dimos la espalda al fútbol casi antes de que nos empezara a gustar: hablábamos de ese deporte como ocio del pueblo, de que los franquistas narcotizaban a la gente a base de partidos televisados y un montón de más que probables insensateces de ese estilo.

Con el paso de los años a más de uno de los míos nos ha empezado a picar de nuevo el gusanillo del fútbol, como si de lo que se tratara en definitiva fuera hacer un poco de justicia con nuestro pasado, con los tiempos en que renegamos de balones y porterías.

A mí me ha picado ese gusanillo y no estoy demasiado molesto por ello. Disfruto el momento y, no obstante, me cabreo cuando leo en los periódicos que la selección española es entre todas las que participan en el Mundial la que mayores primas ha ofrecido a los jugadores por llegar en la competición cuanto más lejos, mejor. Cada uno de ellos se llevará en torno a 500.000 euros si España llega a la final. Pero eso, aparte de ser otra historia, es un escándalo sobre el que ningún medio de comunicación quiere hablar, que no en vano hasta la ilusión de miles de personas, quizá miles de chavales como nosotros hace cinco lustros, tiene un precio.

Referendum

Escribo sin datos, desde el teléfono móvil, a la espera de que se comunique que la victoria del Sí, aplastante, sobre el No. Pero el móvil tiene radio y yo auriculares, de manera que en la parada del autobús me da tiempo a escuchar a uno del PP diciendo que

"sin duda, la suma de abstenciones, votos nulos y noes superará a los del Sí".

Hay que saber perder. Este es mi mensaje a los que han perdido. ¡Ah! Estoy hablando del Estatuto catalán.

Una de palmeros

Sigamos la historia que me acaban de contar por teléfono. Necesito tiempo para confirmarla tres y treinta y tres veces en otras tantas fuentes. Un periódico. Una redactora que decide denunciar por acoso a un jefe. Otro jefe, no el mismo, se va a comer con ella y le advierte de que si denuncia al compañero no volverá a encontrar curro jamás. Y la hipoteca pesa más que la teta sobada por el baboso.

Cómo doblar correctamente una camiseta

Esto es un sorprendente tutorial para aprender a doblar camisetas.

Sin aliento (y 2)

Airada y desproporcionada respuesta en forma de comentario sobre el post "Sin aliento". Todo por una o varias camisetas. En fin, ahí están la Britannica y, para andar por casa, la Wikipedia, que incluye informaciones curiosas sobre las camisetas estampadas y su historia.

Un periodista herido, por mal pagado (para sacudirle a un columnista 4.000 euros al mes es necesario que varias decenas de periodistas sobrevivan con 700), siempre resulta peligroso, circunstancia esta que es convenientemente rentabilizada por las empresas, buenas conocedoras de que el kilo de carne de periodista ya sale más barato que el de babilla de añojo de 2ª.

Entre bomberos no es del todo malo que nos pisemos de vez en cuando la manguera, de buen rollo. Y, si ello es posible, que contemos a lectores y anunciantes en qué condiciones de subempleo, precariedad, inestabilidad laboral, ausencia de horizontes, incertidumbres e inseguridades se acostumbran a fabricar los periódicos, que ya por estas fechas están literalmente tomados por becarios trabajando ora por la cara ora por un bocata y una caña. A más becarios, menos curro; a más becarios, más posoibilidades de librar el día de la virgen de agosto.

Me reconforta tener la certeza de que el director del periódico en que salió el detonante de esta pérdida de tiempo (el periódico se llama El Mundo y su director es Pedro J. Ramírez, un tipo más culto de lo que muchos de los patéticos palmeros (¿ella?) que trabajan para él imaginan) nunca se referiría a "Al final de la escapada" como "Breathless", ni a "Bienvenido, Mr. Marshall" como "Soyez bienvenu, Monsieur Marshall", ni a "La increíble historia de Borja Mari y Pocholo" como "Borja Mari's & Pocholo's Incredible Story".

Efectivamente, fue un error. Qué le vamos a hacer.